Planeta rojo

Marte no es un lugar para ir de vacaciones. Es más seco que el Valle de la Muerte y más frío que el Polo Sur. El escaso aire —casi todo es dióxido de carbono— está cargado de un fino polvillo, el cielo tiene un color entre rosáceo y violáceo, y la gravedad es un tercio la terrestre. El suelo, pedregoso, es de naturaleza volcánica y con un elevado contenido en hierro. Aunque tenga una atmósfera muy tenue, en Marte hay tremendas tormentas de polvo que llegan a cubrir todo el planeta. Curiosamente, el polvo marciano es finísimo, entre 2 y 10 milésimas de milímetro, parecido al diámetro de las partículas del humo del tabaco. Si algún día vamos allí, será difícil fabricar módulos habitables lo suficientemente estancos para que estén libres de polvo…

Pasear por la superficie marciana será una experiencia alucinante. No sólo por la baja de gravedad sino por el panorama que nos encontraríamos alrededor: si no fuera por el color de la atmósfera y el traje espacial, creeríamos estar de pie en algún desierto de piedra de nuestro planeta. El cielo lo veríamos raso; las escasas nubes son cirros, nubes altas de cristales de hielo.

La temperatura media en superficie es de 55 grados bajo cero, aunque oscila enormemente: entre los 27 y los –180º C. Una variación que recuerda, aunque muchísimo más acusada, a los desiertos de la Tierra. Pero lo más fascinante será la variación térmica entre los pies y la cabeza: el suelo está 20 grados más caliente que el aire (es tan tenue que no puede retener el calor), luego si nuestros pies se encuentran a unos agradables 20º, ¡la nariz se encontrará a cero grados! Ver amanecer también tiene sus riesgos: en sólo un minuto la temperatura puede cambiar más de 20 grados.

En el cielo nos encontraríamos con dos puntitos luminosos: son sus dos irregulares lunas, Fobos y Deimos. A Fobos lo veríamos cruzar el cielo dos veces por noche.